Ahí están otra vez. En realidad, están todo el tiempo. Al menos, cuando tú te acercas, y me sonríes, y me tocas. Y te siento y me muero un poco para revivir a la vez. No sé qué siento, pero me gusta mucho. Es como tocar las nubes y caer lentamente, esperando un final que nunca parece llegar. Y nunca llegará. Lo sé porque lo presiento, y es extraño, pero estoy segura de ello. Me tomas de la mano, y todas se agitan. Hoy son ciento tres. Las he estado contando mientras tiras de mi, intentando mostrarme alguna cosa que te entusiasma y que estoy encantada de conocer.Me sonríes. Ciento cuatro, perdona. ¡Se multiplican tan rápido, sabes!
Un, dos, tres. Caminas perfectamente, midiendo tus pasos igual que en un baile, preciso, correcto, seguro. Y nunca dejas de sonreírme, y de hablarme, y de tocar mis manos y seguirme arrastrando por el centro comercial. Creo que te quiero, tengo ganas de decirte, y de plantarte un beso en los labios y luego abrazarte hasta que no puedas respirar. Pero no puedo, porque de verdad creo que te quiero y yo no quiero eso. Quiero estar segurísima, poder decírtelo con todas las letras, sin trastabillar en una consonante, sin titubear en una vocal. Anhelo decírtelo largo y tendido, en un susurro, en un murmullo, romper el silencio igual que un cristal y llenar nuestra pequeña burbuja de risas y de miradas cómplices, una vez más.
Quiero que dure para siempre.
¿Sabes una cosa? Ya nadie muere de amor. Si algo no resulta, lo olvidas; lo entierras en lo más profundo de tu corazón, y resquebrajas lentamente cada una de las mariposas, que se mueren cada vez más rápido con la ausencia que tanto se espera. Y, entonces, llega otra persona, y hay más mariposas, que no son las primeras, que quizás no son las últimas. Pero está bien. Se siente como antes en algunas cosas, pero en otras es distinto, es nuevo, tal vez, incluso, te guste más.
No creo que a mi me pase. Me refiero a que... si ya no fueras mío secretamente, sino pudiera quererte como te amo, se me rompería el corazón. Estallaría, se partiría por la mitad y, despacio, caería al suelo, produciendo un eco sordo que tú no podrías escuchar, y que yo me quedaría esperando que alguien oyera, y que llegara, y me ayudara. Y sino llegara nadie, tendría que recogerlo despacio, con el pecho sangrando todavía, y los ojos nublados por las lágrimas. Y entonces, tendría que esperar a que alguien intentara ocupar tu lugar, pero nadie lo lograría. Y lo intentaría tantas, tantas veces, que luego me sentiría como si fuera una obra que nunca acabo de recitar.
Supongo que aparecería alguien con la suficiente paciencia y compasión para cerrar los ojos ante mi herida, que a cada paso se abre más y más, para tocarla con la punta de los dedos, para besarme en la mejilla. Y otra mariposa volvería a surgir, y yo me encargaría de mantenerla muy viva, muy quieta, para que no se muera y yo vuelva a sufrir.
Te ríes de mi cara distraída.
Ciento cinco, cariño. Hoy son ciento cinco mariposas revoloteando en mi estómago, una por cada risa, por cada roce, por cada acercamiento inusual.
—Hoy te quiero más que ayer.
Me miras fijamente un minuto, pero luego volteas la vista y yo distingo los comienzos de una sonrisa en tu boca de miel.
—¿Cuánto? —Preguntas.
—Ciento cinco mariposas hoy —Te cuento, asombrada—. Creo que te quiero más que a nadie.
